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domingo, 4 de agosto de 2013

No compre tomates podridos

"Nos os dejéis engañar, no todos los gusanos son mariposas" sonaba hoy por la mañana en mi cabeza, luego de dormir profundamente durante la fresca noche. No sé a qué diablos se refiere, da igual. Hice mi cama, desayuné, y no pensé más en eso.

Cada que las vacaciones están por terminarse sufro en demasía, aunque me va bien en la escuela y hago mis tareas y demás labores escolares, no me gusta ir; es un lugar horrendo desde que tengo memoria. Esas sillas que intentan ser mesas son demasiado pretenciosas e incómodas.

Segunda vez en mi vida que decido cortarme el cabello por iniciativa propia, a pesar de mi negativa de asistir a una peluquería o establecimiento que se le asemeje, sitios en donde se respira un aire de muerte, bueno, tal vez no es para tanto. La razón por la que he tomado esta decisión es porque realmente el cabello largo comienza a molestarme, algo que jamás imaginé, pero así es la vida, una bromista pesada.

Y ahí estaba yo, en la cama, mirando al cielo nocturno, pensando si le irá bien. A unos cuantos mundos de distancia está ella, pensando si tendré el cabello largo y la barba con canas abundantes. Ni la noche ni la distancia son el problema, es la coincidencia.

A crack on the head
Is what you get for not asking
And a crack on the head
Is what you get for asking



miércoles, 30 de enero de 2013

El ataque de los gatos mutantes


Vivo en un pequeño pueblito ubicado detrás de una gran montaña que dificulta la salida y entrada de personas, en donde el aire es cálido en verano y cálido en invierno. Es definitivamente un pueblo de perros. Donde sea que uno ponga la mirada habrá un perro. Ver un gato como mascota oficial de una familia es algo inconcebible por estos lares. En los 300 años de existencia del pueblo (me he inventado la edad del pueblo porque no tengo idea de la fecha de su fundación) nadie ha tenido un gato como mascota oficial. En dado caso que se hayan aventurado a tener un gato, ha sido en un segundo puesto, por si llegara a morir el perro; así tendrían con que consolar a los miembros pequeños de la familia. Aunque frecuentemente se opta por un loro o una iguana antes que un gato, incluso he visto quienes prefieren los lagartos. Pocas personas tienen la fortuna de ver un gato en vivo. Aquellos que han logrado ver a uno son los que han viajado a la ciudad (una odisea) o poseen aquel místico artefacto al que llaman televisor o caja idiota. La primera vez que vi un gato fue una experiencia única, un momento de fortuna. Al principio me pareció un ser extraño y nada agradable: era plano como una hoja de papel; tenía ojos saltones y despedía un olor fétido; permanecía quieto como una roca;  le recorrían el cuerpo unos surcos, como los canales de los neumáticos de un automóvil. Un animal bastante raro. Desde aquella vez han pasado ya diez años y la atracción hacia los gatos por parte de los habitantes no ha mejorado en nada. Pero yo he visto gatos, los he visto rondar por las orillas de la casa, pero estos no son gatos normales; son grandes y ágiles. No como aquel gato que yo conocía. Estos son del tamaño de una ardilla bien alimentada con las mejores almendras del pueblo (quiero decir que son gatos realmente grandes). Seguramente han ingerido productos químicos. Han estado visitando el patio y hurgan entre la basura en busca de sobras. Cada vez veo más y más gatos. Jamás pensé que observaría tantos. He estado temiendo lo peor; quizá estos gatos han venido a vengarse por la aversión que los lugareños sienten hacia ellos, quizá estos gatos no son gatos y son otra clase de siniestros animales, quizá son gatos huraños y salvajes. Son agresivos, he observado su comportamiento malévolo; comen pequeñas palomas y avecillas que rondaban tranquilamente por el pasto. Puedo augurar que pronto comenzará un suceso que debimos prevenir, pronto llegará el ataque de los gatos mutantes.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Un huracán en casa



Había un montón enorme de cartas que jamás escribí. Las razones son poco importantes. La casa estaba llena de ellas. Incluso se extendían hasta el jardín y algunas más aventureras lograban llegar a la acera. Cualquier sitio en el que uno ponía la mirada estaría lleno de ellas. Sobre el césped, encima de los rosales, colgadas en una rama. Algunas eran para personas que apreciaba, otras para los que vi solo una vez, y las más especiales eran para seres que existen solo en la vida onírica. No las envié porque nunca encontré la compañía de correos adecuada. Todas se limitaban a enviar material que pudieran tocar con las manos. Así que se fueron acumulando hasta formar un muro que a simple vista no dejaba salir ni entrar a nadie.
   El día se nubló inesperadamente y la lluvia arremetió sin previo aviso. El viento se intensificó y derribó varios árboles a los cuales apreciaba de una manera especial. Al vagabundo que vivía en la esquina le cayó encima un almendro y lo mató de manera súbita. Seguramente, sin importar a cuál lugar haya sido transportado, se alimentaría mejor que aquí. 
   Como un caballo a todo galope el viento irrumpió por la cocina arremolinando las cartas, y la lluvia se dispuso a deshacerles con una vehemencia desmesurada. Hicieron la ventana añicos y se colaron en la casa. Cualquier intento de rescate era imposible. Solo me quedé observando cómo las cartas eran destruidas; puse atención mientras ocurría la catástrofe. El muro de papel era derribado con elegancia por un huracán furioso. Nada podía hacer. La casa era un desastre y todo estaba arruinado. Harían falta una buena cantidad de escobas y un par de botas de hule.

Sueños de alguien que no sueña


Estás ahí, parado en la acera. Solo tú y la fría acera. Unas cuantas aves en el cielo y un depósito de basura en la esquina. Todo lo demás es blanco y destila tristeza. No hay nada alrededor. Solo un vacío que retuerce el estómago. Caminas cien metros y encuentras un buzón, el cual contiene un sobre rojo. Hay una carta dentro de él dirigida a ti; la abres pero no dice nada, es una hoja en blanco. La guardas en el bolsillo y decides caminar un poco más. Dos horas han pasado desde que encontraste la carta; has avanzado una gran distancia; tienes los bolsillos rotos; el sobre ha caído muchos metros atrás. No puedes regresar porque ya no hay camino de regreso. Sigues adelante y ahí está un buzón de nuevo. Esta vez es azul. Contiene el mismo sobre rojo. Al abrirlo de nuevo ya no está la hoja, en su lugar hay solo un pequeño pedazo de servilleta que dice: «alguien miente, siempre hay alguien que está mintiendo».

La causa del insomnio


Llevaba años intentando descifrar el origen de mi insomnio. Aparentemente la preocupación no era algo que me quitara el sueño. A mí me sucedía algo más; no sabía qué, pero no eran las típicas cosas que quitan el sueño, bueno, algunas veces sí, pero podría decirse que dos en un año como máximo. En ocasiones llegué a pensar que lo que no me dejaba dormir era el hecho de ponerme a pensar por qué no podía dormir. 
     Daría cualquier cosa por acostarme y quedarme dormido como un tronco, como la persona promedio, pero eso era solo un sueño guajiro; algo prácticamente imposible de realizar para mí. Había intentado de todo, incluso dormir boca abajo. Pero un día la respuesta llegó a mí como un milagro, de repente ahí estaba la causa, en la almohada, en mi cama, todos estos años estuvo ahí, ocultándose donde jamás imaginé, burlándose de mí: era un simple y vil agujero en la almohada. Por ahí se escapaban mis ganas de dormir; mis sueños se escurrían como agua. 
     Ese día tuve un sueño en donde hacían fiesta nacional porque había descubierto la causa del insomnio. Cuántas personas podrían curarse. Me darían un Nobel. Agujeros en la almohada, algunos tan minúsculos que pasaban desapercibidos. Pero con la lupa adecuada se podrían encontrar. La gente dormiría bien y todos serían felices. Esa semana dormí como un bebé, vaya que lo gocé. Pero la alegría no duró mucho, el insomnio volvió, ahí estaba, ese cazador de bostezos inoportunos, raptor de indicios de sueño. 
      Tal vez todo eso del agujero fue una simple pantalla, quizá el insomnio quería que volviera a sentir esas ganas de irme a dormir, esa despreocupación por lograr conciliar el sueño, así tendría más cosas que agregar a sus trofeos, se alimentaría de mi desesperación. Caí como un tonto. Quizá algún día logre vencerlo, no me voy a rendir tan fácilmente.

María le teme a las paredes


Solíamos discutir frecuentemente sobre el color del mundo. María siempre decía que el mundo era de color azul. Cualquier gamberro con un par de neuronas en el cerebro diría eso. Era su salida fácil, quizá fundada en que estamos rodeados de mares. Frecuentemente olvidaba utilizar su imaginación. No le gustaba ahondar en cosas de aparente insignificancia. Nunca estuve de acuerdo con ella, yo creía que el mundo era blanco, una especie de lienzo. Sin embargo, después de tanta discusión innecesaria, he llegado a la conclusión de que el mundo es de un color extraño y difuso, indefinido a simple vista; es variable, depende de factores que desconozco aún. A veces es gris y otras verde, púrpura o carmín, pero puedo asegurar que en las noches siempre será negro.

miércoles, 18 de julio de 2012

Pedro y el monstruo

Pedro era un chico muy asustadizo. Se hacía de noche y comenzaba el tormento. Le temía a la oscuridad, entonces encendía un fósforo. Sin embargo, un día hacía viento y el fósforo se apagó, así quedó de nueva cuenta sumergido en la temible oscuridad. Será mejor entrar debajo de las sábanas, allí no puede entrar ni el monstruo más osado —se decía a sí mismo—. Y así fue como entró a su fortaleza, sintiéndose valiente y lleno de vida, después el sueño lo vencería tan pronto se recostara. Pedro murió mientras dormía, o eso creía, pues estaba soñando. Algún día tenía que morir, pero ese día no. Ese día murió. Pero no ese día que soñó. Sí, ese día. No, ese día no.

Con la colaboración de: @Silvasinsilbar

miércoles, 4 de abril de 2012

Despierto y sigo

Estoy parado en una isla. A lo lejos se puede ver un barco. La voz me es insuficiente para alertar a la tripulación de mi presencia. Voy a ser náufrago por un buen tiempo. Allí hay una palmera. Será mejor que beba algo. El calor es sofocante. Esa roca puede servir para volar o quizás me termine hundiendo en el río. La arena me deja ciego. ¡Qué calor hace! Parece que estoy el infierno. ¡Vamos, ni siquiera he estado en el infierno! ¿Cómo es posible que sepa qué se siente estar allí! Esa gaviota debe saber la respuesta. Se fue volando. Seguro fue a buscar a sus amigos. Me gusta ver a las aves volar. Tendré una fiesta con pájaros, ¡genial! Ahí viene un mapache. Se convierte en mago. Levanta su varita y apunta al cielo. Las nubes giran. El cielo se vuelve rojo. Parece que éste será mi fin. Cae una hoja. Tomo un lápiz y le saco punta. No escribe. Por más que intento no logro trazar ninguna línea. Qué sucede conmigo. La hoja está manchada. La hago bolita... Despierto y sigo, durmiendo. 

domingo, 25 de marzo de 2012

Esto no va para ningún lado

Camino por la calle. El sol quema demasiado. Miro hacia todas partes. No hay rastros de algún automovilista que se digne a llevarme en cualquier dirección. Los caballos voladores ya no existen. Hay un árbol de sombra espesa. El suelo es demasiado blando. Me dirijo hacia él. Es posible que me quede un buen tiempo en este lugar. No parece existir salida. Estoy muriendo de sed. Caminar no es una opción, aquí es un desierto. Voy a morir. El calor es demasiado intenso.  He estado pensando que esto no va para ningún lado.

Despierto. Todo era un sueño.