miércoles, 30 de enero de 2013

El ataque de los gatos mutantes


Vivo en un pequeño pueblito ubicado detrás de una gran montaña que dificulta la salida y entrada de personas, en donde el aire es cálido en verano y cálido en invierno. Es definitivamente un pueblo de perros. Donde sea que uno ponga la mirada habrá un perro. Ver un gato como mascota oficial de una familia es algo inconcebible por estos lares. En los 300 años de existencia del pueblo (me he inventado la edad del pueblo porque no tengo idea de la fecha de su fundación) nadie ha tenido un gato como mascota oficial. En dado caso que se hayan aventurado a tener un gato, ha sido en un segundo puesto, por si llegara a morir el perro; así tendrían con que consolar a los miembros pequeños de la familia. Aunque frecuentemente se opta por un loro o una iguana antes que un gato, incluso he visto quienes prefieren los lagartos. Pocas personas tienen la fortuna de ver un gato en vivo. Aquellos que han logrado ver a uno son los que han viajado a la ciudad (una odisea) o poseen aquel místico artefacto al que llaman televisor o caja idiota. La primera vez que vi un gato fue una experiencia única, un momento de fortuna. Al principio me pareció un ser extraño y nada agradable: era plano como una hoja de papel; tenía ojos saltones y despedía un olor fétido; permanecía quieto como una roca;  le recorrían el cuerpo unos surcos, como los canales de los neumáticos de un automóvil. Un animal bastante raro. Desde aquella vez han pasado ya diez años y la atracción hacia los gatos por parte de los habitantes no ha mejorado en nada. Pero yo he visto gatos, los he visto rondar por las orillas de la casa, pero estos no son gatos normales; son grandes y ágiles. No como aquel gato que yo conocía. Estos son del tamaño de una ardilla bien alimentada con las mejores almendras del pueblo (quiero decir que son gatos realmente grandes). Seguramente han ingerido productos químicos. Han estado visitando el patio y hurgan entre la basura en busca de sobras. Cada vez veo más y más gatos. Jamás pensé que observaría tantos. He estado temiendo lo peor; quizá estos gatos han venido a vengarse por la aversión que los lugareños sienten hacia ellos, quizá estos gatos no son gatos y son otra clase de siniestros animales, quizá son gatos huraños y salvajes. Son agresivos, he observado su comportamiento malévolo; comen pequeñas palomas y avecillas que rondaban tranquilamente por el pasto. Puedo augurar que pronto comenzará un suceso que debimos prevenir, pronto llegará el ataque de los gatos mutantes.

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