domingo, 30 de diciembre de 2012

Volega


Pequeñas sombras salen a la luz después de caer la lluvia, fantasmitas de oscuridad inofensivos. Se dice que viven en las gotas de agua. Las calles de la ciudad se llenan de ellas cuando el cielo está nublado. Este evento ocurre cada diez años durante una semana. Nadie sabe qué buscan, o si están buscando algo en realidad. Flotan en el asfalto y recolectan hojas de encino,  a veces llevan algunas ramitas. Uno puede ver un centenar de cuerpos translúcidos marchando a un paso cadencioso. Nada las detiene ni perturba. Ayer intenté seguir a una; la perdí de vista en una esquina. No sé adónde van. Sospecho que están construyendo un árbol.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Eufemismos 3


Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia

Tengo sed.

Ejemplos:

Tengo sed.
Te amo con locura.

Realmente tengo sed.
Realmente soy un tremendo idiota que no sabe qué decir.

Bonito día el de hoy.

Ejemplos:

Oye, bonito día el de hoy, ¿no?
Oye, cásate conmigo, ¿no?

Bonito día el de hoy. 
Soy un imbécil: no me prestes atención.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Mi zapato está llorando


No puedo caminar como solía hacerlo antes. Cada que doy un paso mi zapato derecho llora. Está quejándose, lo comprendo. Yo haría lo mismo si pudiera. Debe ser realmente desagradable cargar a alguien de mi condición por varias horas. El cansancio tiene que aparecer en algún momento. Seguramente está desesperado. No puede hacer nada, solo resistir. No hay escapatoria. Está condenado como todos los demás zapatos en el mundo. Esa tortura de la cercanía y roce con los pies humanos. Los calcetines reducen un poco el sufrimiento. Su libertad efímera llega por obra mía. De ahora en adelante andaré descalzo, no quiero que más zapatos sufran por mi culpa.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Un huracán en casa



Había un montón enorme de cartas que jamás escribí. Las razones son poco importantes. La casa estaba llena de ellas. Incluso se extendían hasta el jardín y algunas más aventureras lograban llegar a la acera. Cualquier sitio en el que uno ponía la mirada estaría lleno de ellas. Sobre el césped, encima de los rosales, colgadas en una rama. Algunas eran para personas que apreciaba, otras para los que vi solo una vez, y las más especiales eran para seres que existen solo en la vida onírica. No las envié porque nunca encontré la compañía de correos adecuada. Todas se limitaban a enviar material que pudieran tocar con las manos. Así que se fueron acumulando hasta formar un muro que a simple vista no dejaba salir ni entrar a nadie.
   El día se nubló inesperadamente y la lluvia arremetió sin previo aviso. El viento se intensificó y derribó varios árboles a los cuales apreciaba de una manera especial. Al vagabundo que vivía en la esquina le cayó encima un almendro y lo mató de manera súbita. Seguramente, sin importar a cuál lugar haya sido transportado, se alimentaría mejor que aquí. 
   Como un caballo a todo galope el viento irrumpió por la cocina arremolinando las cartas, y la lluvia se dispuso a deshacerles con una vehemencia desmesurada. Hicieron la ventana añicos y se colaron en la casa. Cualquier intento de rescate era imposible. Solo me quedé observando cómo las cartas eran destruidas; puse atención mientras ocurría la catástrofe. El muro de papel era derribado con elegancia por un huracán furioso. Nada podía hacer. La casa era un desastre y todo estaba arruinado. Harían falta una buena cantidad de escobas y un par de botas de hule.

Sueños de alguien que no sueña


Estás ahí, parado en la acera. Solo tú y la fría acera. Unas cuantas aves en el cielo y un depósito de basura en la esquina. Todo lo demás es blanco y destila tristeza. No hay nada alrededor. Solo un vacío que retuerce el estómago. Caminas cien metros y encuentras un buzón, el cual contiene un sobre rojo. Hay una carta dentro de él dirigida a ti; la abres pero no dice nada, es una hoja en blanco. La guardas en el bolsillo y decides caminar un poco más. Dos horas han pasado desde que encontraste la carta; has avanzado una gran distancia; tienes los bolsillos rotos; el sobre ha caído muchos metros atrás. No puedes regresar porque ya no hay camino de regreso. Sigues adelante y ahí está un buzón de nuevo. Esta vez es azul. Contiene el mismo sobre rojo. Al abrirlo de nuevo ya no está la hoja, en su lugar hay solo un pequeño pedazo de servilleta que dice: «alguien miente, siempre hay alguien que está mintiendo».

Sigues a bordo


Las mañanas son rápidas y frescas. Las gotas de agua se deslizan por ellas sin ningún impedimento. Cuando menos te lo esperas ya es mediodía y sin que te percates de ello ya está anocheciendo. Se puede ver cómo los segundos transcurren con prisa. Los días fluyen tan velozmente que si no tienes cuidado se te ha ido un año. Jugarretas del universo.  Ayer cumplías once años y hoy estás apagando ochenta velitas en el pastel. Buscabas el secreto de la vida eterna y ahora que lo has encontrado ya estás muerto. Observas a los peces nadar en la pecera. Ves al niño equivocarse tantas veces que ha terminado por arrancar todas las hojas del cuaderno. Miras los árboles caer de la montaña, como hojas, deslizándose suavemente. Hay aves que no vuelan y marineros sin barco. Nadie desperdicia su vida. Sus razones tendrán para emplear tiempo en actividades que a otros podrán parecerles poco productivas e incluso perjudiciales. Hoy querías escribir una carta y mañana ya no sabes cómo escribir. La semana pasada tus manos funcionaban y ahora están tiesas como piedra. Solías pelear con tigres y ahora una lombriz te ha dado un paliza. Abordas el autobús y ves pasar el mundo, o al menos una parte de él. Nadie pone mucha atención. Solo ven una simple ventanilla. La historia está allá, pasando a ochenta kilómetros por hora a través del cristal. Te colocas los audífonos y líquidas el ruido exterior. Escuchas tu canción favorita. Hablas y asesinas el silencio. Le cedes el asiento al amor de tu vida. Es hora de bajar, el viaje ha terminado, has llegado a un destino incierto. Te detienes para comprarle a la señora de los pistaches y sigues tu camino. No sabes si regresarás o nunca volverás. Eres pasajero del autobús de la muerte. Aún sigues a bordo. Nadie ha podido bajar con vida.

La causa del insomnio


Llevaba años intentando descifrar el origen de mi insomnio. Aparentemente la preocupación no era algo que me quitara el sueño. A mí me sucedía algo más; no sabía qué, pero no eran las típicas cosas que quitan el sueño, bueno, algunas veces sí, pero podría decirse que dos en un año como máximo. En ocasiones llegué a pensar que lo que no me dejaba dormir era el hecho de ponerme a pensar por qué no podía dormir. 
     Daría cualquier cosa por acostarme y quedarme dormido como un tronco, como la persona promedio, pero eso era solo un sueño guajiro; algo prácticamente imposible de realizar para mí. Había intentado de todo, incluso dormir boca abajo. Pero un día la respuesta llegó a mí como un milagro, de repente ahí estaba la causa, en la almohada, en mi cama, todos estos años estuvo ahí, ocultándose donde jamás imaginé, burlándose de mí: era un simple y vil agujero en la almohada. Por ahí se escapaban mis ganas de dormir; mis sueños se escurrían como agua. 
     Ese día tuve un sueño en donde hacían fiesta nacional porque había descubierto la causa del insomnio. Cuántas personas podrían curarse. Me darían un Nobel. Agujeros en la almohada, algunos tan minúsculos que pasaban desapercibidos. Pero con la lupa adecuada se podrían encontrar. La gente dormiría bien y todos serían felices. Esa semana dormí como un bebé, vaya que lo gocé. Pero la alegría no duró mucho, el insomnio volvió, ahí estaba, ese cazador de bostezos inoportunos, raptor de indicios de sueño. 
      Tal vez todo eso del agujero fue una simple pantalla, quizá el insomnio quería que volviera a sentir esas ganas de irme a dormir, esa despreocupación por lograr conciliar el sueño, así tendría más cosas que agregar a sus trofeos, se alimentaría de mi desesperación. Caí como un tonto. Quizá algún día logre vencerlo, no me voy a rendir tan fácilmente.