domingo, 14 de abril de 2013

Rinoceronte


Adonde sea que uno vaya encontrará polvo. Y no sé qué tenga qué ver eso. Quise iniciar la entrada así por que no tenía idea de como comenzar y porque, efectivamente, adonde sea que uno vaya encontrará polvo, o al menos en la mayoría de sitios. Además, uno siempre se dirige adonde sea. Estamos siempre moviéndonos a algún lugar, pues de lo contrario sufriríamos el síndrome del árbol, inventado por mí en este instante, y no lo explicaré por que es obvio, al menos para mí. 

No sé muy bien qué estoy haciendo, y eso me preocupa un poco durante las noches. Dedico cierta cantidad de minutos a indagar sobre el tema, aunque siempre termino desviándome y dejándolo para luego; como siempre, aplazando las cosas que a simple vista parecen importantes.

Los vecinos tenían un gato al que llamaban Fufú (pobre gato, no tenía la culpa). Al parecer lo querían mucho y eran responsables. Solo habían fallado a la hora de nombrarlo. Yo acostumbraba darle un poco de atún cuando se acercaba por el patio de la casa. 

Espiga era una paloma que se alimentaba de las migas de pan que los nobles visitantes del parque acostumbraban arrojar al suelo. Uno puede suponer cuál fue el desenlace de su historia cuando el parque fue clausurado.

En nuestro interior existe un pequeño cordel que sostiene un fósforo sobre un río de combustible. A veces el cordel es de algodón y otras de acero.

Miren al majestuoso dinosaurio, que cansado de la grandilocuencia ha decidido transformarse en la calma del ave.

El gato no se llamaba Fufú. Los vecinos no tenían gato. La existencia de unos vecinos es falsa.


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