jueves, 17 de octubre de 2013

Otra vez uva


A muchos les podrá agradar el olor a uva, pero a mí no. ¿Y a qué viene esto? Las últimas semanas me ha tocado compartir asiento con mujeres que huelen a uva y ha sido una verdadera tortura (vaya suerte la mía, tres en una misma semana), incluso me pasó por la mente la idea de cambiar de asiento pero concluí que era demasiado drástica. Bastaba con abrir un poco la ventanilla y soportar no más de una hora. Si uno se decide a soportar el sufrimiento tarde o temprano se acostumbra, cosa que no es buena para la salud ni para el espíritu. Hace algunos días hasta se dio la combinación de una chica que olía a uva y vestía de morado. Por dentro yo no sabía si reír, llorar o ambas cosas. Y vamos que olía, era el olor más penetrante de todo el universo. Podría jurar que además del perfume, usaba un champú que también olía a uva. Me estaba destrozando el olfato y hasta alguna lágrima escurrió por mi mejilla izquierda. Estuve tentado a preguntarle a qué se debía su terrible elección de fragancias. Había pensado en decirle que si se trataba de combinaciones, un amarillo-vainilla era una elección más acertada, al menos para mí, aunque quizá estoy más equivocado que ella a la hora de elegir perfumes.

El autobús de los destinos inciertos


Ahora que voy de madrugada a la escuela tomo un autobús diferente del que normalmente tomaba, este es reducido, muy incómodo y se encuentra en unas condiciones bastante cuestionables. Pareciera que en cualquier momento va a estallar o desviarse y terminar en el fondo de un barranco. En esa pequeña jaula de lámina y cristal ocurre algo extraño, al principio no le había prestado atención, pero con el transcurrir de los días me percaté de ello. Todo el mundo sube, paga y no dice su destino. No es que yo haya viajado por muchos lugares y tomado nota, pero hasta donde sé, cuando uno aborda el transporte público y este no cuenta con sujetos que se dediquen a pasar por los asientos a cobrar, entonces uno sube, le paga al señor conductor y le haces saber tu destino, y no porque a este le interese a dónde diablos nos dirigimos, sino porque así sabe cuánto debe cobrarnos. Pero aquí no, aquí todos suben y solamente pagan, un comportamiento que me resulto bastante extraño. Este misterioso hombre que conduce parece conocer hacia donde se dirigen todos y cada uno de los pasajeros que abordan el autobús, y uno pensaría que se da cuenta al ver cuánto le han pagado, pero esto sería bastante fastidioso, mira que encima de cobrar ahora andar adivinando, pero este sujeto ni siquiera presta atención al monto que le han pagado, uno podría darle un peso y no se inmutaría en lo más mínimo, estoy seguro. Yo soy el único que dice su destino, pero he estado considerando la posibilidad de omitirlo, no sé, pareciera que no es necesario. Además siempre soy el primero en bajarme, nadie lo hace antes, tal vez estas personas no van a ninguna parte, tal vez por eso el silencio, tal vez por eso omiten el destino, porque no existe, por que nadie busca llegar a un sitio. Debería quedarme hasta el final de la ruta y averiguar qué está sucediendo, pero a la vez quiero dejarlo así como está, que continúe el misterio para mí.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Que siempre no...

Había pensado en dejar mi blog, ya no publicar más, pero he desistido. Malas noticias para la internet: seguiré contribuyendo con más basura. Debo reconocer que no siento tanta culpa, pues realmente a este blog no lo lee nadie. Ahora es el momento adecuado para escribir en un blog, ya que están a punto de la extinción y han quedado en el olvido. Y es que no me termino familiarizando con la idea de escribir en algún otro lugar sobre la odisea que es viajar en autobús o sobre personas que huelen a uva. Por cierto, esa entrada está pendiente. ¿A quién diablos se le ocurre usar tal "fragancia"?